Escuelas de verdad vs. la ilusión de prohibir celulares

CANTO LIBRE

Por: Sandor Morales Islas

“Me gustan los estudiantes / que con el pecho florecido / van a la lucha incansable / por el derecho al saber / y que no se quedan mudos / cuando les hablan de aprender…” — Violeta Parra

Mientras en El Salvador la transformación educativa se mide en metros cuadrados de infraestructura digna, aulas de cómputo conectadas con internet satelital Starlink y el remozamiento acelerado de planteles a través de la estrategia “Dos Escuelas por Día”, en México la gran “apuesta” para mejorar la enseñanza parece reducirse a dictar prohibiciones desde el escritorio.

El contraste resulta abismal. Por un lado, el gobierno salvadoreño ejecuta una reforma integral dentro del programa Mi Nueva Escuela, interviniendo más de 5,000 centros educativos públicos. Ahí donde antes había abandono, hoy hay privados de libertad del Plan Cero Ocio pintando fachadas, levantando techos, rehabilitando sanitarios y adaptando espacios deportivos. La meta no es un discurso: es entregar e intervenir un promedio constante de dos escuelas diarias, fiscalizables en tiempo real por cualquier ciudadano a través del portal dosescuelasxdia.com.

A esto se suma un componente clave: el factor humano. Mientras allá los profesores reinauguran escuelas y se capacitan en herramientas de Inteligencia Artificial para enseñar mejor y preparar a sus alumnos para los retos del futuro, en México el panorama gremial sigue atrapado en la inercia del pasado. Aquí, a los docentes los vemos en constantes marchas, paros laborales y plantones, buscando la manera de dejar de ir a clases el mayor tiempo posible sin importar el rezago de sus alumnos.

En tanto, la postura del Gobierno de México frente al despliegue salvadoreño prefiere descalificar el fondo tachándolo de forma cuestionada sobre este modelo, la presidenta Claudia Sheinbaum desestimó la estrategia asegurando que el mandatario salvadoreño solo busca “reflectores”, reduciendo las entregas de infraestructura a un mero espectáculo mediático.

Sin embargo, tras las declaraciones oficiales, la triste realidad de las aulas mexicanas permanece intacta. El debate educativo nacional continúa extraviándose en atajos simplistas. Pretender que con la sola prohibición o restricción de los teléfonos celulares el nivel académico dará un salto de calidad automático es ignorar la verdadera raíz del problema. Quitar el celular de la mochila de un estudiante no arregla los techos con goteras, no dota de agua potable a las escuelas rurales, no instala internet de banda ancha ni equipa con computadoras funcionales a los planteles que llevan décadas en el olvido.

La tecnología no es el enemigo de la educación; el verdadero lastre es la falta de infraestructura, la brecha digital y la ausencia de una visión presupuestal firme. En El Salvador entendieron que el celular en la mano de un joven deja de ser un distractor cuando la escuela le ofrece un entorno moderno, conectividad pedagógica y herramientas avanzadas de aprendizaje.

Podrán acusar a Bukele de buscar reflectores, pero las aulas remodeladas, la capacitación docente en IA y el internet satelital en las comunidades más alejadas son hechos concretos. Para educar no basta con decretar lo que se prohíbe, tomar las calles para no dar clases ni descalificar los logros ajenos; hay que construir lo que hace falta. Mientras México no apueste por una inversión estructural seria en sus planteles y por un magisterio comprometido con el aula, seguir pensando que el problema es un teléfono en el salón no será más que otra ilusión para evadir la tarea pendiente.

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